He intentado por todos los medios posibles aspirar a no caer hondo, no dejarme de lado en mis contantes vacilaciones sobre lo que es y lo que no. Soy y seré un drama adictivo, una montaña rusa que vomita de vez en vez todo lo que lleva adentro; pero aún no me bajo, sigo acá.
No me bajo porque sigo esperando un quiensabequé, sigo añorando un nosequeputas, y sonrío con descaro si toco fondo. La agradezco a ella, hablando dementemente, por hacerme levitar, por abrirme los ojos e incitarme a andar con cuidado ¿cuidado de qué? no lo sé. Es ingenuo pensar que disfrutarás mejor si andas mirando tus pasos aún no dados; no quiero premeditarme, pero a veces es imposible no sentirme ridícula.
Quiero desligarme de todos los prejuicios, quiero desgarrarme de los futuros plausibles que envenenan mi cabeza. Quiero olvidarme, olvidarme de mi, olvidarme de esto, del pasado y el futuro... olvidarme de la lluvia, de las nubes por la noche y el halo de la luna, quiero olvidarme del alcohol que se impregnó en mi sangre y del tetrahidrocannabinol que aún sigue en mi cuerpo; quiero olvidarme de cada uno... lo dejaré incompleto.
Porque esa es la odisea más deliciosa que he podido sentir, un caos confuso de normalidad, relatividad y hastío monótono. He caído en la duda; ya no sé –y nunca supe- nada con certeza. No, no disfruto la maldita condición insegura que obliga a mis células a callar. Me he callado muchas cosas estos años por el miedo a la claridad.
Soy difusa; soy una bocanada de aire dispersa en los rincones más hostiles. Soy, seré.
Marta, me gritan desde arriba... hoy ni sé porqué carajos he escrito, tampoco sé... porque putas te pienso como te pienso; salte de mi.
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