Los ojos del amanecer son los únicos que puden juzgar nuestra existencia,(...) detrás del alba siempre se esconde la noche; detrás de ella, mi vida.

31 de enero de 2010

Retrocediendo más

Be quiet

Una caìda màs.
Unas tildes al revès.
Una mente en blanco.
Una luna tortuosa.

& un silencio asfixiante; no, no quiero volver.

And now Im pissed!



______________________
Sigo amando a Wes Borland

29 de enero de 2010

Rrrrretro!



She's GOT IT!

Sigo sin entender...

Por qué la luna no puede ser tan caótica como el cielo?

27 de enero de 2010

Promises, promises

I-N-E-S-T-A-B-L-E

Embargo

Se despertó con la sensación aguda de un sueño degollado y vio delante de sí la superficie cenicienta y helada del cristal, el ojo encuadrado de la madrugada que entraba, lívido, cortado en cruz y escurriendo una transpiración condensada. Pensó que su mujer se había olvidado de correr las cortinas al acostarse y se enfadó: si no consiguiese volver a dormirse ya, acabaría por tener un día fastidiado. Le faltó sin embargo el ánimo para levantarse, para cubrir la ventana: prefirió cubrirse la cara con la sábana y volverse hacia la mujer que dormía, refugiarse en su calor y en el olor de su pelo suelto. Estuvo todavía unos minutos esperando, inquieto, temiendo el insomnio matinal. Pero después le vino la idea del capullo tibio que era la cama y la presencia laberíntica del cuerpo al que se aproximaba y, casi deslizándose en un círculo lento de imágenes sensuales, volvió a caer en el sueño. El ojo ceniciento del cristal se fue azulando poco a poco, mirando fijamente las dos cabezas posadas en la almohada, como restos olvidados de una mudanza a otra casa o a otro mundo. Cuando el despertador sonó, pasadas dos horas, la habitación estaba clara.

Dijo a su mujer que no se levantase, que aprovechase un poco más de la mañana, y se escurrió hacia el aire frío, hacia la humedad indefinible de las paredes, de los picaportes de las puertas, de las toallas del cuarto de baño. Fumó el primer cigarrillo mientras se afeitaba y el segundo con el café, que entretanto se había enfriado. Tosió como todas las mañanas. Después se vistió a oscuras, sin encender la luz de la habitación. No quería despertar a su mujer. Un olor fresco a agua de colonia avivó la penumbra, y eso hizo que la mujer suspirase de placer cuando el marido se inclinó sobre la cama para besarle los ojos cerrados. Y susurró que no volvería a comer a casa.

Cerró la puerta y bajó rápidamente la escalera. La finca parecía más silenciosa que de costumbre. Tal vez por la niebla, pensó. Se había dado cuenta de que la niebla era como una campana que ahogaba los sonidos y los transformaba, disolviéndolos, haciendo de ellos lo que hacía con las imágenes. Había niebla. En el último tramo de la escalera ya podría ver la calle y saber si había acertado. Al final había una luz aún grisácea, pero dura y brillante, de cuarzo. En el bordillo de la acera, una gran rata muerta. Y mientras encendía el tercer cigarrillo, detenido en la puerta, pasó un chico embozado, con gorra, que escupió por encima del animal, como le habían enseñado y siempre veía hacer.

El automóvil estaba cinco casas más abajo. Una gran suerte haber podido dejarlo allí. Había adquirido la superstición de que el peligro de que lo robasen sería mayor cuanto más lejos lo hubiese dejado por la noche. Sin haberlo dicho nunca en voz alta, estaba convencido de que no volvería a ver el coche si lo dejase en cualquier extremo de la ciudad. Allí, tan cerca, tenía confianza. El automóvil aparecía cubierto de gotitas, los cristales cubiertos de humedad. Si no hiciera tanto frío, podría decirse que transpiraba como un cuerpo vivo. Miró los neumáticos según su costumbre, verificó de paso que la antena no estuviese partida y abrió la puerta. El interior del coche estaba helado. Con los cristales empañados era una caverna translúcida hundida bajo un diluvio de agua. Pensó que habría sido mejor dejar el coche en un sitio desde el cual pudiese hacerlo deslizarse para arrancar más fácilmente. Encendió el coche y en el mismo instante el motor roncó fuerte, con una sacudida profunda e impaciente. Sonrió, satisfecho de gusto. El día empezaba bien.

Calle arriba el automóvil arrancó, rozando el asfalto como un animal de cascos, triturando la basura esparcida. El cuentakilómetros dio un salto repentino a noventa, velocidad de suicidio en la calle estrecha bordeada de coche aparcados. ¿Qué sería? Retiró el pie del acelerador, inquieto. Casi diría que le habían cambiado el motor por otro más potente. Pisó con cuidado el acelerador y dominó el coche. Nada de importancia. A veces no se controla bien el balanceo del pie. Basta que el tacón del zapato no asiente en el lugar habitual para que se altere el movimiento y la presión. Es fácil.

Distraído con el incidente, aún no había mirado el contador de la gasolina. ¿La habrían robado durante la noche, como no sería la primera vez? No. El puntero indicaba precisamente medio depósito. Paró en un semáforo rojo, sintiendo el coche vibrante y tenso en sus manos. Curioso. Nunca había reparado en esta especie de palpitación animal que recorría en olas las láminas de la carrocería y le hacía estremecer el vientre. Con la luz verde el automóvil pareció serpentear, estirarse como un fluido para sobrepasar a los que estaban delante. Curioso. Pero, en verdad, siempre se había considerado mucho mejor conductor que los demás. Cuestión de buena disposición esta agilidad de reflejos de hoy, quizá excepcional. Medio depósito. Si encontrase una gasolinera funcionando, aprovecharía. Por seguridad, con todas las vueltas que tenía que dar ese día antes de ir a la oficina, mejor de más que de menos. Este estúpido embargo. El pánico, las horas de espera, en colas de decenas y decenas de coches. Se dice que la industria va a sufrir las consecuencias. Medio depósito. Otros andan a esta hora con mucho menos, pero si fuese posible llenarlo... El coche tomó una curva balanceándose y, con el mismo movimiento, se lanzó por una subida empinada sin esfuerzo. Allí cerca había un surtidor poco conocido, tal vez tuviese suerte. Como un perdiguero que acude al olor, el coche se insinuó entre el tráfico, dobló dos esquinas y fue a ocupar un lugar en la cola que esperaba. Buena idea.

Miró el reloj. Debían de estar por delante unos veinte coches. No era ninguna exageración. Pero pensó que lo mejor sería ir primero a la oficina y dejar las vueltas para la tarde, ya lleno el depósito, sin preocupaciones. Bajó el cristal para llamar a un vendedor de periódicos que pasaba. El tiempo había enfriado mucho. Pero allí, dentro del automóvil, con el periódico abierto sobre el volante, fumando mientras esperaba, hacía un calor agradable, como el de sábanas. Hizo que se movieran los músculos de la espalda, con una torsión de gato voluptuoso, al acordarse de su mujer aún enroscada en la cama a aquella hora y se recostó mejor en el asiento. El periódico no prometía nada bueno. El embargo se mantenía. Una Navidad oscura y fría, decía uno de los titulares. Pero él aún disponía de medio depósito y no tardaría en tenerlo lleno. El automóvil de delante avanzó un poco. Bien.

Hora y media más tarde estaba llenándolo y tres minutos después arrancaba. Un poco preocupado porque el empleado le había dicho, sin ninguna expresión particular en la voz, de tan repetida la información, que no habría allí gasolina antes de quince días. En el asiento, al lado, el periódico anunciaba restricciones rigurosas. En fin, de lo malo malo, el depósito estaba lleno. ¿Qué haría? ¿Ir directamente a la oficina o pasar primero por casa de un cliente, a ver si le daban el pedido? Escogió el cliente. Era preferible justificar el retraso con la visita que tener que decir que había pasado hora y media en la cola de la gasolina cuando le quedaba medio depósito. El coche estaba espléndido. Nunca se había sentido tan bien conduciéndolo. Encendió la radio y se oyó un diario hablado. Noticias cada vez peores. Estos árabes. Este estúpido embargo.

De repente el coche dio una cabezada y se dirigió a la calle de la derecha hasta parar en una cola de automóviles menor que la primera. ¿Qué había sido eso? Tenía el depósito lleno, sí, prácticamente lleno. Por qué este demonio de idea. Movió la palanca de las velocidades para poner marcha atrás, pero la caja de cambios no le obedeció. Intentó forzarla, pero los engranajes parecían bloqueados. Qué disparate. Ahora una avería. El automóvil de delante avanzó. Recelosamente, contando con lo peor, metió la primera. Perfecto todo. Suspiró de alivio. Pero ¿cómo estaría la marcha atrás cuando volviese a necesitarla?

Cerca de media hora después ponía medio litro de gasolina en el depósito, sintiéndose ridículo bajo la mirada desdeñosa del empleado de la gasolinera. Dio una propina absurdamente alta y arrancó con un gran ruido de neumáticos y aceleramientos. Qué demonio de idea. Ahora el cliente, o será una mañana perdida. El coche estaba mejor que nunca. Respondía a sus movimientos como si fuese una prolongación mecánica de su propio cuerpo. Pero el caso de la marcha atrás daba que pensar. Y he aquí que tuvo realmente que pensarlo. Una gran camioneta averiada tapaba todo el centro de la calle. No podía contornearla, no había tenido tiempo, estaba pegado a ella. Otra vez con miedo movió la palanca y la marcha atrás entró con un ruido suave de succión. No se acordaba que la caja de cambios hubiese reaccionado de esa manera antes. Giró el volante hacia la izquierda, aceleró y con un suave movimiento el automóvil subió a la acera, pegado a la camioneta, y salió por el otro lado, suelto, con una agilidad de animal. El demonio de coche tenía siete vidas. Tal vez por causa de toda esa confusión del embargo, todo ese pánico, los servicios desorganizados hubiesen hecho meter en los surtidores gasolina de mucho mayor potencia. Tendría gracia.

Miró el reloj. ¿Valdría la pena visitar al cliente? Con suerte encontraría el establecimiento aún abierto. Si el tránsito ayudase, sí, si el tránsito ayudase tendría tiempo. Pero el tránsito no ayudó. En época navideña, incluso faltando la gasolina, todo el mundo sale a la calle, para estorbar a quien necesita trabajar. Y al ver una transversal descongestionada desistió de visitar al cliente. Mejor sería dar cualquier explicación en la oficina y dejarlo para la tarde. Con tantas dudas, se había desviado mucho del centro. Gasolina quemada sin provecho. En fin, el depósito estaba lleno. En una plaza, al fondo de la calle por la que bajaba, vio otra cola de automóviles esperando su turno. Sonrió de gozo y aceleró, decidido a pasar resoplando contra los ateridos automovilistas que esperaban. Pero el coche, a veinte metros, tiró hacia la izquierda, por sí mismo, y se detuvo, suavemente, como si suspirase, al final de la cola. ¿Qué diablos había sido aquello, si no había decidido poner más gasolina? ¿Qué diantre era, si tenía el depósito lleno? Se quedó mirando los diversos contadores, palpando el volante, costándole reconocer el coche, y en esta sucesión de gestos movió el retrovisor y se miró en el espejo. Vio que estaba perplejo y consideró que tenía razón. Otra vez por el retrovisor distinguió un automóvil que bajaba la calle, con todo el aire de irse a colocar en la fila. Preocupado por la idea de quedarse allí inmovilizado, cuando tenía el depósito lleno, movió rápidamente la palanca para dar marcha atrás. El coche resistió y la palanca le huyó de las manos. Un segundo después se encontraba aprisionado entre sus dos vecinos. Diablos. ¿Qué tendría el coche? Necesitaba llevarlo al taller. Una marcha atrás que funcionaba ahora sí y ahora no es un peligro.

Había pasado más de veinte minutos cuando hizo avanzar el coche hasta el surtidor. Vio acercarse al empleado y la voz se le estranguló al pedir que llenase el depósito. En ese mismo instante hizo una tentativa por huir de la vergüenza, metió una rápida primera y arrancó. En vano. El coche no se movió. El hombre de la gasolinera lo miró desconfiado, abrió el depósito y, pasados pocos segundos, fue a pedirle el dinero de un litro que guardó refunfuñando. Acto seguido, la primera entraba sin ninguna dificultad y el coche avanzaba, elástico, respirando pausadamente. Alguna cosa no iría bien en el automóvil, en los cambios, en el motor, en cualquier sitio, el diablo sabrá. ¿O estaría perdiendo sus cualidades de conductor? ¿O estaría enfermo? Había dormido bien a pesar de todo, no tenía más preocupaciones que en cualquier otro día de su vida. Lo mejor sería desistir por ahora de clientes, no pensar en ellos durante el resto del día y quedarse en la oficina. Se sentía inquieto. A su alrededor las estructuras del coche vibraban profundamente, no en la superficie, sino en el interior del acero, y el motor trabajaba con aquel rumor inaudible de pulmones llenándose y vaciándose, llenándose y vaciándose. Al principio, sin saber por qué, dio en trazar mentalmente un itinerario que le apartase de otras gasolineras, y cuando notó lo que hacía se asustó, temió no estar bien de la cabeza. Fue dando vueltas, alargando y acortando camino, hasta que llegó delante de la oficina. Pudo aparcar el coche y suspiró de alivio. Apagó el motor, sacó la llave y abrió la puerta. No fue capaz de salir.

Creyó que el faldón de la gabardina se había enganchado, que la pierna había quedado sujeta por el eje del volante, e hizo otro movimiento. Incluso buscó el cinturón de seguridad, para ver si se lo había puesto sin darse cuenta. No. El cinturón estaba colgando de un lado, tripa negra y blanda. Qué disparate, pensó. Debo estar enfermo. Si no consigo salir es porque estoy enfermo. Podía mover libremente los brazos y las piernas, flexionar ligeramente el tronco de acuerdo con las maniobras, mirar hacia atrás, inclinarse un poco hacia la derecha, hacia la guantera, pero la espalda se adhería al respaldo del asiento. No rígidamente, sino como un miembro se adhiere al cuerpo. Encendió un cigarrillo y, de repente, se preocupó por lo que diría el jefe si se asomase a una ventana y lo viese allí instalado, dentro del coche, fumando, sin ninguna prisa por salir. Un toque violento de claxon lo hizo cerrar la puerta, que había abierto hacia la calle. Cuando el otro coche pasó, dejó lentamente abrirse la puerta otra vez, tiró el cigarrillo fuera y, agarrándose con ambas manos al volante, hizo un movimiento brusco, violento. Inútil. Ni siquiera sintió dolores. El respaldo del asiento lo sujetó dulcemente y lo mantuvo preso. ¿Qué era lo que estaba sucediendo? Movió hacia abajo el retrovisor y se miró. Ninguna diferencia en la cara. Tan sólo una aflicción imprecisa que apenas se dominaba. Al volver la cara hacia la derecha, hacia la acera, vio a una niñita mirándolo, al mismo tiempo intrigada y divertida. A continuación surgió una mujer con un abrigo de invierno en las manos, que la niña se puso, sin dejar de mirar. Y las dos se alejaron, mientras la mujer arreglaba el cuello y el pelo de la niña.

Volvió a mirar el espejo y adivinó lo que debía hacer. Pero no allí. Había personas mirando, gente que lo conocía. Maniobró para separarse de la acera, rápidamente, echando mano a la puerta para cerrarla, y bajó la calle lo más deprisa que podía. Tenía un designio, un objetivo muy definido que ya lo tranquilizaba, y tanto que se dejó ir con una sonrisa que a poco le suavizó la aflicción.

Sólo reparó en la gasolinera cuando casi iba a pasar por delante. Tenía un letrero que decía "agotada", y el coche siguió, sin una mínima desviación, sin disminuir la velocidad. No quiso pensar en el coche. Sonrió más. Estaba saliendo de la ciudad, eran ya los suburbios, estaba cerca el sitio que buscaba. Se metió por una calle en construcción, giró a la izquierda y a la derecha, hasta un sendero desierto, entre vallas. Empezaba a llover cuando detuvo el automóvil.

Su idea era sencilla. Consistía en salir de dentro de la gabardina, sacando los brazos y el cuerpo, deslizándose fuera de ella, tal como hace la culebra cuando abandona la piel. Delante de la gente no se abría atrevido, pero allí, solo, con un desierto alrededor, lejos de la ciudad que se escondía por detrás de la lluvia, nada más fácil. Se había equivocado, sin embargo. La gabardina se adhería al respaldo del asiento, de la misma manera que a la chaqueta, a la chaqueta de punto, a la camisa, a la camiseta interior, a la piel, a los músculos, a los huesos. Fue esto lo que pensó sin pensarlo cuando diez minutos después se retorcía dentro del coche gritando, llorando. Desesperado. Estaba preso en el coche. Por más que girase el cuerpo hacia fuera, hacia la abertura de la puerta por donde la lluvia entraba empujada por ráfagas súbitas y frías, por más que afirmase los pies en el saliente de la caja de cambios, no conseguía arrancarse del asiento. Con las dos manos se cogió al techo e intentó levantarse. Era como si quisiese levantar el mundo. Se echó encima del volante, gimiendo, aterrorizado. Ante sus ojos los limpiaparabrisas, que sin querer había puesto en movimiento en medio de la agitación, oscilaban con un ruido seco, de metrónomo. De lejos le llegó el pitido de una fábrica. Y a continuación, en la curva del camino, apareció un hombre pedaleando una bicicleta, cubierto con un gran pedazo de plástico negro por el cual la lluvia escurría como sobre la piel de una foca. El hombre que pedaleaba miró con curiosidad dentro del coche y siguió, quizá decepcionado o intrigado al ver a un hombre solo y no la pareja que de lejos le había parecido.

Lo que estaba pasando era absurdo. Nunca nadie se había quedado preso de esta manera en su propio coche, por su propio coche. Tenía que haber un procedimiento cualquiera para salir de allí. A la fuerza no podía ser. ¿Tal vez en un taller? No. ¿Cómo lo explicaría? ¿Llamar a la policía? ¿Y después? Se juntaría la gente, todos mirando, mientras la autoridad evidentemente tiraría de él por un brazo y pediría ayuda a los presentes, y sería inútil, porque el respaldo del asiento dulcemente lo sujetaría. E irían los periodistas, los fotógrafos y sería exhibido dentro de su coche en todos los periódicos del día siguiente, lleno de vergüenza como un animal trasquilado, en la lluvia. Tenía que buscarse otra forma. Apagó el motor y sin interrumpir el gesto se lanzó violentamente hacia fuera, como quien ataca por sorpresa. Ningún resultado. Se hirió en la frente y en la mano izquierda, y el dolor le causó un vértigo que se prolongó, mientras una súbita e irreprimible ganas de orinar se expandía, liberando interminable el líquido caliente que se vertía y escurría entre las piernas al suelo del coche. Cuando sintió todo esto empezó a llorar bajito, con un gañido, miserablemente, y así estuvo hasta que un perro escuálido, llegado de la lluvia, fue a ladrarle, sin convicción, a la puerta del coche.

Embargó despacio, con los movimientos pesados de un sueño de las cavernas, y avanzó por el sendero, esforzándose en no pensar, en no dejar que la situación se le representase en el entendimiento. De un modo vago sabía que tendría que buscar a alguien que lo ayudase. Pero ¿quién podía ser? No quería asustar a su mujer, pero no quedaba otro remedio. Quizá ella consiguiese descubrir la solución. Al menos no se sentiría tan desgraciadamente solo.

Volvió a entrar en la ciudad, atento a los semáforos, sin movimientos bruscos en el asiento, como si quisiese apaciguar los poderes que lo sujetaban. Eran más de las dos y el día había oscurecido mucho. Vio tres gasolineras, pero el coche no reaccionó. Todas tenían el letrero de "agotada". A medida que penetraba en la ciudad, iba viendo automóviles abandonados en posiciones anormales, con los triángulos rojos colocados en la ventanilla de atrás, señal que en otras ocasiones sería de avería, pero que significaba, ahora, casi siempre, falta de gasolina. Dos veces vio grupos de hombres empujando automóviles encima de las aceras, con grandes gestos de irritación, bajo la lluvia que no había parado todavía.

Cuando finalmente llegó a la calle donde vivía, tuvo que imaginarse cómo iba a llamar a su mujer. Detuvo el coche enfrente del portal, desorientado, casi al borde de otra crisis nerviosa. Esperó que sucediese el milagro de que su mujer bajase por obra y merecimiento de su silenciosa llamada de socorro. Esperó muchos minutos, hasta que un niño curioso de la vecindad se aproximó y pudo pedirle, con el argumento de una moneda, que subiese al tercer piso y dijese a la señora que allí vivía que su marido estaba abajo esperándola, en el coche. Que acudiese deprisa, que era muy urgente. El niño subió y bajó, dijo que la señora ya venía y se apartó corriendo, habiendo hecho el día.

La mujer bajó como siempre andaba en casa, ni siquiera se había acordado de coger un paraguas, y ahora estaba en el umbral, indecisa, desviando sin querer los ojos hacia una rata muerta en el bordillo de la acera, hacia la rata blanda, con el pelo erizado, dudando en cruzar la acera bajo la lluvia, un poco irritada contra el marido que la había hecho bajar sin motivo, cuando podía muy bien haber subido a decirle lo que quería. Pero el marido llamaba con gestos desde dentro del coche y ella se asustó y corrió. Puso la mano en el picaporte, precipitándose para huir de la lluvia, y cuando por fin abrió la puerta vio delante de su rostro la mano del marido abierta, empujándola sin tocarla. Porfió y quiso entrar, pero él le gritó que no, que era peligroso, y le contó lo que sucedía, mientras ella, inclinada, recibía en la espalda toda la lluvia que caía y el pelo se le desarreglaba y el horror le crispaba toda la cara. Y vio al marido, en aquel capullo caliente y empañado que lo aislaba del mundo, retorciéndose entero en el asiento para salir del coche sin conseguirlo. Se atrevió a cogerlo por el brazo y tiró, incrédula, y tampoco pudo moverlo de allí. Como aquello era demasiado horrible para ser creído, se quedaron callados mirándose, hasta que ella pensó que su marido estaba loco y fingía no poder salir. Tenía que ir a llamar a alguien para que lo examinase, para llevarlo a donde se tratan las locuras. Cautelosamente, con muchas palabras, le dijo a su marido que esperase un poquito, que no tardaría, iba a buscar ayuda para que saliese, y así incluso podían comer juntos y ella llamaría a la oficina diciendo que estaba acatarrado. Y no iría a trabajar por la tarde. Que se tranquilizase, el caso no tenía importancia, que no tardaba nada.

Pero, cuando ella desapareció en la escalera, volvió a imaginarse rodeado de gente, la fotografía en los periódicos, la vergüenza de haberse orinado por las piernas abajo, y esperó todavía unos minutos. Y mientras arriba su mujer hacía llamadas telefónicas a todas partes, a la policía, al hospital, luchando para que creyesen en ella y no en su voz, dando su nombre y el de su marido, y el color del coche, y la marca, y la matrícula, él no pudo aguantar la espera y las imaginaciones, y encendió el motor. Cuando la mujer volvió a bajar, el automóvil ya había desaparecido y la rata se había escurrido del bordillo de la acera, por fin, y rodaba por la calle inclinada, arrastrada por el agua que corría de los desagües. La mujer gritó, pero las personas tardaron en aparecer y fue muy difícil de explicar.

Hasta el anochecer el hombre circuló por la ciudad, pasando ante gasolineras sin existencias, poniéndose en colas de espera sin haberlo decidido, ansioso porque el dinero se le acababa y no sabía lo que podía suceder cuando no tuviese más dinero y el automóvil parase al lado de un surtidor para recibir más gasolina. Eso no sucedió, simplemente, porque todas las gasolineras empezaron a cerrar y las colas de espera que aún se veían tan sólo aguardaban el día siguiente, y entonces lo mejor era huir para no encontrar gasolineras aún abiertas, para no tener que parar. En una avenida muy larga y ancha, casi sin otro tránsito, un coche de la policía aceleró y le adelantó y, cuando le adelantaba, un guardia le hizo señas para que se detuviese. Pero tuvo otra vez miedo y no paró. Oyó detrás de sí la sirena de la policía y vio también, llegado de no sabía dónde, un motociclista uniformado casi alcanzándolo. Pero el coche, su coche, dio un ronquido, un arranque poderoso, y salió, de un salto, hacia delante, hacia el acceso a una autopista. La policía lo seguía de lejos, cada vez más de lejos, y cuando la noche cerró no había señales de ellos y el automóvil rodaba por otra carretera.

Sentía hambre. Se había orinado otra vez, demasiado humillado para avergonzarse,. Y deliraba un poco: humillado, humillado. Iba declinando sucesivamente alternando las consonantes y las vocales, en un ejercicio inconsciente y obsesivo que lo defendía de la realidad. No se detenía porque no sabía para qué iba a parar. Pero, de madrugada, por dos veces, aproximó el coche al bordillo e intentó salir despacito, como si mientras tanto el coche y él hubiesen llegado a un acuerdo de paces y fuese el momento de dar la prueba de buena fe de cada uno. Dos veces habló bajito cuando el asiento lo sujetó, dos veces intentó convencer al automóvil para que lo dejase salir por las buenas, dos veces en el descampado nocturno y helado donde la lluvia no paraba, explotó en gritos, en aullidos, en lágrimas, en ciega desesperación. Las heridas de la cabeza y de la mano volvieron a sangrar. Y sollozando, sofocado, gimiendo como un animal aterrorizado, continuó conduciendo el coche. Dejándose conducir.

Toda la noche viajó, sin saber por dónde. Atravesó poblaciones de las que no vio el nombre, recorrió largas rectas, subió y bajó montes, hizo y deshizo lazos y desenlazos de curvas, y cuando la mañana empezó a nacer estaba en cualquier parte, en una carretera arruinada, donde el agua de lluvia se juntaba en charcos erizados en la superficie. El motor roncaba poderosamente, arrancando las ruedas al lodo, y toda la estructura del coche vibraba, con un sonido inquietante. La mañana abrió por completo, sin que el sol llegara a mostrarse, pero la lluvia se detuvo de repente. La carretera se transformaba en un simple camino que adelante, a cada momento, parecía perderse entre piedras. ¿Dónde estaba el mundo? Ante los ojos estaba la sierra y un cielo asombrosamente bajo. Dio un grito y golpeó con los puños cerrado el volante. Fue en ese momento cuando vio que el puntero del depósito de gasolina estaba encima de cero. El motor pareció arrancarse a sí mismo y arrastró el coche veinte metros más. La carretera aparecía otra vez más allá, pero la gasolina se había acabado.

La frente se le cubrió de sudor frío. Una náusea se apoderó de él y lo sacudió de la cabeza a los pies, un velo le cubrió tres veces los ojos. A tientas, abrió la puerta para liberarse de la sofocación que le llegaba y, con ese movimiento, porque fuese a morir o porque el motor se había muerto, el cuerpo colgó hacia el lado izquierdo y se escurrió del coche. Se escurrió un poco más y quedó echado sobre las piedras. La lluvia había empezado a caer de nuevo.

26 de enero de 2010

y dijo . . .

"Se llama lolita"-

& di un paso atrás.

24 de enero de 2010

Sí, tengo miedo

Tengo miedo a extrañarte cuando no tengo tiempo ni de parpadear, tengo miedo a soñarte despierta y a que tu voz retumbe en mi cabeza como un eco sordo.
Tengo miedo a ser algo que no soy, tengo miedo a lo que eres y a lo que quiero que seas. Tengo miedo a una noche sin luna y un silencio sin tu voz... siempre he dicho que tener noción del tiempo es una excusa más para evitar vivir cosas que en realidad se desean.

No, no sé que quiero; no sé que hago escribiéndote ni mucho menos pensándote, no quiero poner mi mente en blanco cuando después de dos días todo ha sido caótico, no quiero organizar mis sensaciones cuando todo ha sido una mezcla confusa.
Y qué si en cuestión de horas pudiste hacerme pestañear despacio y respirar aún más lento? Y qué si mi memoria decidió guardar tu sonrisa y tus suspiros? Y qué si de vez en vez anhelo que me confundas y que me pongas de cabeza?

Si vale, no le hagas mucho caso a las palabras, que las palabras se las lleva el viento.
Que si duro poco no es por mí, es por ti... y por tu afán de una cohibición extraña que lo único que hace es ponerme cada vez más inquieta.
sí, puedo ser tu talón de Aquiles si eso deseas; pero y tú...?
No se vale perder un juego que no he empezado. Y bueno sí, a lo mejor y tengo muchos puntos a mi favor, pero tengo uno demasiado grande en mi contra: la imaginación que me tortura cuando le place hacerlo.

Sí, tengo miedo de soltar suspiros al aire y de temblar por la noche.





Respiro... y con miedo, creo que te necesito.

22 de enero de 2010

Silenciosss. . .

19 de enero de 2010

Relax to the top

Me volvió el gustico por Myl0

18 de enero de 2010

Un carrito ruso en una montaña colombiana; Venezuela se quedó detrás y yo ahora me indigesto con trululú

Aguanto la respiración antes de poner play, cuento hasta tres en silencio para dejar que el tiempo me absorba con cautela, entrecierro las pestañas y me dejo llevar por tu voz.

PLAY. Suspiras; me cortas el aire, tiemblo y cuando por fin rozas tu lengua con el paladar, me estremezco. Me guardo bien atrás las pupilas dejándome alterar por cada centímetro cúbico de aire que botaste al exhalar de esa forma; recuerdas? Eres tan nociva que me brotaste la piel.

Un “buenos días Marta” sale de tus labios e imagino a oscuras como desglosas cada palabra con tus dientes; se me desgarra de a pocos la imaginación y mientras respiro pausadamente, disfruto las vibraciones que me genera tu seseo inconcluso. “JA, perdona por no contestarte anoche” y empiezo a bajar.

El tono de tu voz provoca en mí un colapso de emociones; moriría por odiarte en esas milésimas-de-segundo que guardas silencio, odiarte con amor, aborrecerte sin rabia; sí, quiero devolverte con intensidad los shocks eléctricos que me produce tu inconstancia.

“lo que pasa es que...” y tiemblo, tiemblo con prudencia de mi misma, tiemblo con los ojos cerrados y con una incertidumbre que me tortura a gotas; paso saliva, suspiro y pausas tu voz... me desespero, abro los ojos y siento al tiempo efímero. ¿dónde mierdas estás? “como tenía el teléfono (...)…”

Suspiras. Vuelves a hacerlo; me derrites y cuidándote de ti misma me incitas a pestañear lento, entrecierro los párpados y siento como cada silaba que danza en tu lengua se desliza dentro de mi cabeza por en medio de la piel.

“Entonces ahí todo se complicó. . . Soñé contigo” ecos inmensos me abrumaron a tal punto de asfixiarme para mis adentros, me inquieté, me inquietaste.

“no te molestes conmigo”

Un minuto cinco segundos y me ablandaste, me derretí, me envenenaste.

_________________
PS: no esperes más de mí.

17 de enero de 2010

Sueño con telarañas ( I )

Era oscuro, y hacia frío; sin embargo no se salía de la normalidad, el colchón estaba en su lugar, y esta vez no había paredes derretidas; solo éramos dos, mi cuarto y yo.
Una noche casual, agotado, sobre mi cama sin destender, llegaste vos.
De la nada en un cerrar de ojos me agarraste por la espalda; deslizando tus brazos por mis hombros y acariciando mi espalda con tus labios, en posición fetal, detrás de mi cuerpo.
Era entendible reaccionar brusco frente a un beso anónimo; momento después mis ojos se encontraron con los tuyos y la angustia calmó, todo se sosegó.
Recuerdo, mis órganos colapsando mientras sonreías, con una precisión casi matemática; como una medialuna húmeda, empeñada en explorar latidos inigualables por la piel.
Tus mejillas partidas en dos, como dos balas, abortadoras de lágrimas; rosa, como tus labios, mi enfermedad crónica terminal.
Los huecos de tus pómulos, la sonrisa indeleble; tus labios, esbeltos, delicados desde arriba, promiscuos desde abajo. Suaves y dulces.
Sensibles al tacto, el mío.
Tímidos y precoces se adueñaron de mi cuerpo.

Subo a la luna y le doy la vuelta al cielo dos veces.
Cómo te llamas?; Camila, levantando la mitad del labio medio centímetro y con acento en la i.
Caí en cuenta, y estoy enamorada de ti.
Pensé que no me ibas a llamar; el desasosiego, los suspiros gigantes y el tono del celular a las 2 de la mañana.
Despierta,
Respira.

Volví en si, parpadee y tus labios se depositaron en los míos he hicieron de la suya; el hormigueo fue abundante, mis manos en tu cuello, recostados al borde de la cama.
Tus manos, esbeltas por mi pecho y luego por mi espalda... debajo de la tela, un mordisco tierno, y un beso lento.

Recompensa mis sentidos.

Cinco botones, y escalofríos en cadena, el siguiente, más tenaz que el anterior; la blusa por encima de los hombros, la piel de gallina; tus pechos sobre el mío.
Los labios juntos, participes de un mismo cuerpo.
Sube la temperatura, espaldas desnudas.
Una mano en tu nuca, la otra en tu cintura.
Mis labios en los tuyos, en tu oreja, en tu cuello, tu pecho, tu abdomen, tu ombligo.
Imágenes sin censura, un segundo; medio.
Sábanas blancas.

Piernas conjugadas, sudores diminutos.
Sonrisas, como de película… susurros.
Devuelta a la cama, volver.
Sentada en mis piernas, sin perder el contacto visual. 90 grados; y los labios perfectos que chillan por mi sabor.
Los quiero, te quiero.
Perfectos, delgados en la punta, precisos para atraparme en lo mas recóndito de mi ser; y los suficientemente gruesos abajo, para acariciarme y satisfacerme por completo.
El pelo cae por los hombros;
Tus manos suavizan el golpe.
Mis labios, mis ojos.
Éramos dos, éramos uno.

Mi vida se eleva, y las partículas de mi alma se disuelven en tus ojos.
Los que alguna vez fueron míos.
Caes de nuevo y en mis brazos te acomodas; es madrugada, la noche se fue lenta.
Tus piernas detrás de mis manos, sonidos inquietantes.

Se me corta la respiración
Lo,
Todo disminuye.
Se recoge, se expulsa, y frena.
Ta!.

16 de enero de 2010

Revelando descaros, silenciando a medias las verdades que sobran

Siempre me gustaron los nombres con tildes, así como el tuyo.

Retroceso

Por eso prefiero el sol de las diez, porque mientras mi piel se quema al sonido del segundero tu voz se me va borrando poco a poco de mi mente; ya no tengo ecos sordos rondándome adentro, siento que entre más me intento apegar más te hago alejar.
“júrame que te da igual...”
“te lo juro”.


Sufriré otra mutación.

15 de enero de 2010

Love~gun

NO MORE TOMORROW, BABY

Sin título

Las pupilas se me secan, cada vez que escucho tu violín
Esa nota, Re.
Tiembla tu huella digital y mi garganta se retuerce una y otra vez
Empiezas a cantar, y mi piel se eriza por olas rotatorias, cada no-se-cuantos segundos, mi vida se paraliza y el aire se me frena en los pulmones, dándome esa sensación de llenura que solo tu despiertas en mi cuerpo,
Paso saliva y el mundo me cae encima, los tres elefantes halan de mis pies, mientras tu, con tu cuerpo me atrapas en el mismo ambiente de ayer, sentado en mi cama; mirándote, intentas excitar los glóbulos de mi sangre, las moléculas de mi metabolismo, y las células de mis glándulas sexuales; los deseos que te acorralan y que apuñalan cada vez que me vez sudar.
Tu vestido cae, solo.
Mi vida también, cae, sola.
Y estamos solos; siempre fuimos un par de extraños que jugaron a quererse alguna noche, y ahora, lo hacen seguido. Como adictos al amor, adictos a la fusión y a las fragancias de sexo en la ropa.
Tu piel erizada, mi mente excitada; tus labios, tu lengua, tus dientes.

Y ahora estoy despierto, y aún no me has llamado

+ OBSESSIOOOON

The paranoia is in bloom, the PR
The transmissions will resume
They'll try to push drugs
Keep us all dumbed down and hope that
We will never see the truth around

Another promise, another scene, another
A package not to keep us trapped in greed
With all the green belts wrapped around our minds
And endless red tape to keep the truth confined

They will not force us
They will stop degrading us
They will not control us
We will be victorious

Interchanging mind control
Come let the revolution take it's toll if you could
Flick the switch and open your third eye, you'd see that
We should never be afraid to die

Rise up and take the power back, it's time that
The fat cats had a heart attack, you know that
Their time is coming to an end
We have to unify and watch our flag ascend

They will not force us
They will stop degrading us
They will not control us
We will be victorious

They will not force us
They will stop degrading us
They will not control us
We will be victorious

14 de enero de 2010

Segundo intento de nada

Se me clavó tu amor en cada esquina de mi piel.
& es que alguien me dijo alguna vez que el amar y el querer no son sinónimos; el querer lo exige todo, el amar lo entrega todo.
aún tengo muchas cosas por dar~
PERO YA NO SOY TAN PENDEJA COMO AYER .

Primer intento de nada

He vuelto a intentar volver a atrás solo a recuperar lo que me hace falta, he vuelto mirar de espaldas solo para concientizarme de cuanto he corrido; lo que se me hace más arduo de admitir es que te extraño y que los tropiezos no son los mismos sin ti, a veces me siento tan vacía que el aire sofoca mis órganos, me siento tan confusa que se me duerme la piel y tan caótica que parpadeo infinitas veces con los ojos cerrados. Confieso entonces que por diminutos instantes no sé que hacer; no se para donde ir, no se si buscarte o dejarte por completo, no puedo controlarte, te sueño y me cagas el día; mis impulsos son cada vez más y más cacorros conmigo. . . Respirar y contar hasta diez es tortuoso porque siempre habrá un nueve de por medio; sí, a veces no puedo conmigo.

Mi primer intento de nada será pues, consumirme despacio en la voz di-fónica de un Cerati desvanecido, dejándome llevar por los instintos menos obtusos que se irradian de mis pensares enfermos y mis hormonas alteradas por ti.

Posdata: aún te sigo amando.

12 de enero de 2010

El amor después del amor::

“Es que el sexo entre tu y yo, ya no funciona”
Me decía mientras me acordaba de los momentos lúcidos junto a ella y su cuerpo; esa figura femenina que añoré por tanto.
Y ahí estábamos los dos, dejando volar recuerdos al aire con un vino-tinto en la punta de la lengua, a ver si con los segundos muertos alguna molécula del viento se excitaba en silencio… con el pasar de los años, de los nuestros. . . ahora solo nos queda el olvido
“Te acordás?, te acordás del día en la playa?”
Me contaba. Sentí como si la luna se me cayera encima,… vos eras de ésos… los que tanto me enamoran.
El reloj hizo tic-tac y la temperatura comenzó a elevarse; en reversa, a paso lento, mi memoria se llenó de imágenes fijas, esplendidas, recuerdos como el de la sala:
Te gusta lo que ves?, recostada sobre el sofá me decía, motivando mis deseos más sublimes con sus piernas y su espalda al desnudo.
Vení, vení y decímelo al oído, reflejaban esos labios marcados y delicadamente deliciosos, culpables de la succión de mi alma.
El tiempo se detenía mientras mis manos acariciaban su ser y esperaban tranquilas el momento indicado.
Muérdeme, muérdeme con fuerza, y despacio ella fue víctima de mis caprichos.
Comencé, sediento de su piel, a dejarle ligeras huellas en todo su cuerpo con mis labios. Ligándome con su sabor.
Y mis manos inmutables, ansiosas por el tiempo y sus quejidos.
Besáme acá, me decía señalando su pelvis. Y entonces todo se alborotó y quise estar tan adentro de ella que dejé que el sudor me consumiera.
Sus manos sobre las mías hacían un juego espectacular, donde las palabras sobraban y las miradas eran partícipes de la supuesta aventura.
Me encantás, sobre todo cuando me miras de ese modo. Y sus manos se fusionaban con la piel de mi rostro, su lengua detrás de la mía, silencios conmocionados de erosiones repentinas. De nuevo sobre su rostro, mis dedos, parpadeos infinitos, los cíclopes se miran.
Me amas?.
Y un sollozo diminuto perforaba mis tímpanos, no hacía falta nada más, el sonido de las gotas bailando en el techo era nuestra única compañía esa noche y mientras ella miraba distraída a la lluvia, mi lengua se enviciaba con su cuello y su torso.
Te quiero adentro, me suplicaba, en susurro, al oído.
Y ahí estábamos los dos, haciéndole el amor a la poesía, mientras que con besos y algo de caricias penetrábamos nuestras almas una y otra vez.
Eres el hombre más tierno del mundo. Me decía tumbada sobre mi pecho en una madrugada de Enero.

“Si te acordás?” escuchaba detrás de mi cabeza, aún fundido en éxtasis por el recuerdo.

- me decías?

“Si me estás escuchando, boludo?”

- Sí, me acuerdo que fuiste la mujer de mi vida.

11 de enero de 2010

es más bien algo enferrrmo!

Alguien me ha dicho que la soledad se esconde tras tus ojos
Y que tu blusa atora sentimientos, que respriras
Tenés que comprender, que no puse tus miedos
Donde estan guardados

Y que no podre quitartelos
Si al hacerlo me desgarras
No quiero soñar mil veces las mismas cosas
Ni contemplarlas sabiamente
Quiero que me trates suavemente

Te comportas de acuerdo
Con lo que te dicta, cada momento
Y esta inconstancia, no es algo heróico
Es más bien algo enfermo !
No quiero soñar mil veces las mismas cosas
Ni contemplarlas sabiamente
Quiero que me trates suavemente

No quiero soñar mil veces las mismas cosas
Ni contemplarlas sabiamente
Quiero que me trates suavemente
Quiero que me trates suavemente
Quiero que me trates suavemente
Suavemeeeente, suavemeeeeeeeente, suavemeeeeeeeeente.


Van doce y los días que pasan por encima del tiempo se siguen pareciendo cada vez más al ayer inconcluso, imborrable, ingenuo y tortuoso.

Hay días que prefiero pasar en alto mi balcón –unas baldosas quietas que gritan recuerdos, unas barandas frágiles que se van anonando con el agua y un garabato sobre la pared que ya no es tan blanca como ayer-, si, hay días que ignoro por completo ese lugar en mi memoria y cuando lo hago me convenzo de respuestas inútiles que calman el dolor; un dolor que sin importar cuantos parpadeos se arraiguen a mis pestañas, me acompaña sin hacer mucho ruido y siempre atento para flotar a su placer.

Han pasado 5 años y unos cuantos meses. . . pero mi memoria no olvida. Hoy mi pupila está más inquieta que anoche y solo por lapsos de tiempo entre-cierro los ojos con fuerza para sacarme del lugar más pútrido las voces indelebles, las imágenes retro, las frases concisas y las canciones a medio dedicar que me agobian cuando pienso en blanco. Pedazos de vida que inconscientemente tomé prestados para nunca devolver, trozos de ensueño que a la luz del sol se mutan con mis lágrimas saladas; sollozos, burlas y un vacío gigantesco en la imagen gélida que aparece si me volteo a un espejo. –CONTINÚO. . . EVITANDO MIRAR ATRÁS, CEGÁNDOME LA VISTA Y EXHALANDO EL AIRE QUE ME ESTORBA; no revivo pasados, escribo presentes. . . una cotidianidad mucho más agria que la de ustedes-

Soy silencios, soy preguntas sin respuestas y una punzada en la sien que se amontona de a pocos; intento dejar caer mi cabeza hacia atrás, como si los pensamientos deformes pesaran al punto de desequilibrarme el cuerpo; me quedo en negro, la luz amarilla del cuarto penetra mis ojos cerrados y la saliva se aquieta justo detrás del paladar. No tengo palabras, no tengo disculpas, ni perdones, no tengo nada para ofrecer, me perdí devolviéndome a mi vida. . . caminando sin rumbo; sintiendo cada inhalar más arduo que el anterior. . . como si el alma estuviera al borde del colapso y mis pulmones a punto de vomitar el aire fétido que se quedó impregnado adentro, me perdí retrocediendo de espaldas.

Y escribo para mi, para mantener cuerdo el olvido. Escribo con un nudo de mil vueltas, un nudo que se deshace en mi lengua y se estira en mi mente.

No, no miro hacia atrás, solo recojo los trozos de muerte que dejé en el aire. No, no le lloro a él, me lloro –solo a mi- porque soy la única realidad tangible; porque aunque ahora si tengo los pies en el piso hay un pasado que me absorbe y me sofoca. No, no lo sueño porque ya no me tortura, ni lo extraño, ni lo odio. Es inútil; aunque sea bizarro me convencí de que hace parte de mi cuerpo, como si fuera mi dedo meñique, mi mano izquierda, mi ojo pequeño, como si fuera mi piel manchada o mi espalda morena. Pero nada está bien, nada va a estarlo.

El amor no vuelve a ser el mismo después de haber probado la patilla, las lágrimas no vuelven a saber igual después de haberle llorado a él. Claro, lo que no te mata te hace más fuerte; pero mi caso es distinto, me he tatuado en mayúscula una historia que –sin propósito- me arde hasta el alma.

Y sí, prefiero pasar en alto mi balcón porque si no lo hago, cada rincón me desmenuza con bombardeos perturbantes, me quema por dentro y mi asfixia sin compasión, con cada uno de los recuerdos que prefiero olvidar.

Devolviéndome despacio, cuidando mis huellas, arrancándome la piel

"y asombrado me dio un escalofrío, al ver en el espejo. . . el rostro mío"

- Buenas don Miguel, como amaneció?
- Ahí vamo’ joven, no me quejo. La edad me afecta, pero ahí vamo’,… ahí vamo’…
- Si durmió bien, señor?
- La luna estuvo magnífica anoche, nótese joven… la noche es más bella que el día.
- Durmió bien? Don Miguel?
- Si joven, la luna es espectacular.
- Don Miguel… está. . . -y antes de que pudiera terminar me interrumpió con su balbuceo natural:
- Joven, la señorita Camila se perdió en el brillo de la luna –sonreía con mucho esfuerzo-
- Cómo?
- Así como lo oye, ya no venga más por acá; ya no tiene razones para hacerlo. Anoche, la peladita ésta se esfumó, eso sí, que se atenga a las consecuencias… -suspiraba, mientras inclinaba su cabeza- porque va a tener que aparecer, no? –murmuraba- no me mire con esa cara joven, yo estoy en mis rieles. ¡Que se atenga!
- Venga Don Miguel, venga lo acompaño adentro, camine.
- No Joven, no me apetece ninguna agüita. No se preocupe joven, no me siento lo suficientemente cansado como para tomarme una siestica. Gracias joven, yo lo entiendo. Tranquilo, yo le aviso cuando la peladita ésta aparezca, eso si… -balbuceaba- … ¡Que se atenga!. Si, tranquilo joven, yo le digo. No joven, todavía tiene tiempo, la patria boba se acabó en mil novecientos dieciséis... Adiós joven. – decía Don Miguel mientras se perdía en las sombras del pasillo de su enorme casa, tambaleando y refunfuñando como todos los santos días-
- Pobre viejo.

9 de enero de 2010

Desempolvando pasados que perturban mi presente; que la consecuencia de ser condescendiente no es el dolor, es la realidad:

Escribirte a ti, es como escribirle a mi espejo, y tantas cosas caminan sobre mi cráneo que no se como empezar.
Hola! Cómo estás?, espero que bien, . . . siempre soñé con un abrazo un, te presento a... y un mucho gusto. Pero por más que me esfuerzo recordando el principio, no llega nada. Me robaste el alma, con una mirada, un beso y una sonrisa. Todas las noches, espero la madrugada y nada puede ser más perfecto que escucharte sonreír; que escuchar decir que me quieres, o que me necesitas.
Hemos hablado casi de todo clon, y bien sabes que aunque intente, no podré ser la persona que muy dentro de ti, quieres que sea.
Esos recuerdos, las risas, los comentarios; las conversaciones, las puteadas siempre estarán en mi, muy dentro... y aunque me cueste admitirlo, hay días en los que sin ti, simplemente no puedo.
Que no te asombre y te impacte lo que pueda llegar a pasar en un futuro. Ahora, en nuestro presente, intento demostrarte lo mucho que te quiero.
Así no aceptes, te pido perdón por lo que llegue a pasar.
Siempre serás la persona mas importante en mi vida, claro… a parte de mi mamá.
Lo que hiciste de mi, las marcas que dejaste; serán por siempre imborrables.


Se fuerte, que así como llegué, así tendré que irme.

.
.
.
________________________________________________________
Desglosar el perdón ya no es suficiente. Desempolvemos recuerdos.

Quiero recuperarme AZULADO !

Porque algo está ligándome
pa' vos.

Close up

"Nunca encontrarás un amor, como el que te daba yo"

8 de enero de 2010

Dos horas faltan.

Han escuchado lo efímero que es el eco del ventilador?, hoy me convencí de todas las mentiras que redondean mi mente, hoy decidí llorarte entrecortado y gritarme a mi-mismo que los silencios donde te juré amor eterno fueron pestañeos fugaces.
Un dolor temporal, una punzada de las que te quita el aliento pero al final, te obliga a suspirar.
Una quemada en la espalda, una espina en medio de la garganta, un tic nervioso.

____________________

- me llamarás?
- porque putas siempre dudas?
-
porque nunca lo haces.
- lo haré
- prométemelo
- lo haré.
-
pro-me-te-me-lo
- lo prometo.

Sabía que aunque el tiempo pasara, el segundero no dejaba de perturbarle los ojos. Sabía que cada promesa mía la inquietaba más que un silencio. Sabía que no haría nada más hasta escuchar el teléfono vibrar, que respiraría más despacio y que las estrellas tiritarían más lento, porque sí, las estrellas tiritan y las nubes hablan...


Habían días donde la saliva se me quedaba detrás del paladar, donde permanecía despierto por las noches repitiendo una y otra vez los recuerdos que quería guardar; habían momentos en los que inconsciente, me agarraba la quijada y desmenuzaba mil pensamientos a su lado.

- me fascina ese gestico que haces- me dijo mostrándome la mitad de sus dientes.
- cuál?
- ese- respondió


_______________________

Sigo esperando, intentando taparme con vendas los ojos que no quieren ver; llenando vacíos inconclusos, asfixiándome con mis propio aire. Sigo desvaneciendo recuerdos que no me pertenecen, llorándole a ella, extrañándola cada vez más.

Soñándolo a él, asustándome con mi sombra, atormentándome en un noseque diario, indisponiéndome con mis propias acciones, enredándome cada vez más con lo obtuso /quiero decir, simple/ de la vida.

Quiero arrancarme el alma, desglosarme con sueños a medio dormir y canciones a medio escuchar, suspirar en la noche y sentir que estás a mi lado. Quiero comer cereal de tu cuchara, ser cursi sin pretextos y aún mejor, sin motivos. Ilusionarme con tu voz, derretirme en tu pelo, en tu olor.
Quiero . . .

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-como putas dibujas el rojo?
-no lo sé. – y riéndome le desdibujaba en mi memoria, una por una, las hebras de su pelo.

La verdad, -aunque no exista una certera- es que cada noche mi imaginación volaba a su alcance; que entre más mirara la luna más me empeñaba con su amor, que confesando un día le dije que me descompletaba su respiración, sus gemidos leves y sus susurros descarados:

-quiero hacerte un amor inventado. Quiero besarte detrás de las rodillas y pasarte la punta de mis dedos por entre tus senos.
El reloj hacía tic – tac; sus silencios se interrumpían por su exhalación repentina.
-oye. . . que haces?- me decía tan apacible, como si disfrutara el desmembramiento de cada sílaba en sus labios.
- nada, . . –silencio sin tiempo, delirante por cierto- quieres que pare?
- no.
-vente para acá y te respiro detrás de la nuca, ven y rozo mis labios por la dermis de tus piernas, te dibujo letras en tu abdomen, te suspiro en el costado de tu cuerpo. . . ven y te cuento con mi lengua las costillas.

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ANOTHER DAY; JUST BELIEVE.
sigo soñando despierto, faltan dos horas-

Prefiero no ponerle título para no mortificarme después-


Sí, mañana es nueve. Entrecierro los ojos y dejo que el tiempo –que a veces no me dice ni mierda- me pase por encima sin rastro alguno. . . y escribo al aire los pocos versos que me faltar por decir; mañana es nueve y hay cosas que simplemente no olvido. Resulta que para mí. . . a pesar de todo lo que pasó, siempre me inquietarán los buenos recuerdos contigo, con tu voz dulce detrás del timbre y con las letras que inclinadas incitaban los latidos de mi pecho.

Confieso que pensé llegar al frio y con él, destruirte por completo; las mil cartas que olvidé entregarte, el dibujo inmenso en mi pared y cómo no, una vida entera escrita con tu puño sobre un papel sin olor; un millón de frases sin sentido, un demasiadisimote y cientos de lágrimas que si las pienso, se atoran en mi garganta.

De qué me sirve a mi inventarte excusas si cada que quieres apareces y desapareces en los diminutos instantes en negro que resurgen de mis párpados cerrados?; Perdona si ahora soy más indecisa, perdona si a veces prefiero silenciarme, si me alejo cada vez más del recuerdo que quieres atar. . . si me escondo detrás de ecos deformes, si intento llenarme los vacíos intangibles que dejaste.

La verdad es que siempre le huyo al amor.
La verdad es que aún, después de todo, me sigues doliendo como antes. . . solo que hoy no soy tan pendeja como ayer.
___________________________
& PREFIERO JUSTIFICARTE

4 de enero de 2010

3 de enero de 2010

Beatriz (La polución)

Dijo el tío Rolando que esta ciudad se está poniendo imbancable de tanta polución que tiene. Yo no dije nada para no quedar como burra pero de toda la frase sólo entendí la palabra ciudad. Después fui al diccionario y busqué la palabra imbancable y no está. El domingo, cuando fui a visitar al abuelo le pregunté qué quería decir imbancable y él se río y me explicó con buenos modos que quería decir insoportable. Ahí sí comprendí el significado porque Graciela, o sea mi mami, me dice algunas veces, o más bien casi todos los días, por favor Beatriz por favor a veces te pones verdaderamente insoportable. Precisamente ese mismo domingo a la tarde me lo dijo, aunque esta vez repitió tres veces por favor por favor por favor Beatriz a veces te pones verdaderamente insoportable, y yo muy serena, habrás querido decir que estoy imbancable, y a ella le hizo gracia, aunque no demasiada pero me quitó la penitencia y eso fue muy importante. La otra palabra, polución, es bastante más difícil. Esa sí está en el diccionario. Dice, polución: efusión de semen. Qué será efusión y qué será semen. Busqué efusión y dice: derramamiento de un líquido. También me fijé en semen y dice: semilla, simiente, líquido que sirve para la reproducción. O sea que lo que dijo el tío Rolando quiere decir esto: esta ciudad se está poniendo insoportable de tanto derramamiento de semen. Tampoco entendí, así que la primera vez que me encontré con Rosita mi amiga, le dije mi grave problema y todo lo que decía el diccionario. Y ella: tengo la impresión de que semen es una palabra sensual, pero no sé qué quiere decir. Entonces me prometió que lo consultaría con su prima Sandra, porque es mayor y en su escuela dan clase de educación sensual. El jueves vino a verme muy misteriosa, yo la conozco bien cuando tiene un misterio se le arruga la nariz, y como en la casa estaba Graciela, esperó con muchísima paciencia que se fuera a la cocina a preparar las milanesas, para decirme, ya averigüé, semen es una cosa que tienen los hombres grandes, no los niños, y yo, entonces nosotras todavía no tenemos semen, y ella, no seas bruta, ni ahora ni nunca, semen sólo tienen los hombres cuando son viejos como mi padre o tu papi el que está preso, las niñas no tenemos semen ni siquiera cuando seamos abuelas, y yo, qué raro eh, y ella, Sandra dice que todos los niños y las niñas venimos del semen porque este liquido tiene bichitos que se llaman espermatozoides y Sandra estaba contenta porque en la clase había aprendido que espermatozoide se escribe con zeta. Cuando se fue Rosita yo me quedé pensando y me pareció que el tío Rolando quizá había querido decir que la ciudad estaba insoportable de tantos espermatozoides (con zeta) que tenía. Así que fui otra vez a lo del abuelo, porque él siempre me entiende y me ayuda aunque no exageradamente, y cuando le conté lo que había dicho tío Rolando y le pregunté si era cierto que la ciudad estaba poniéndose imbancable porque tenía muchos espermatozoides, al abuelo le vino una risa tan grande que casi se ahoga y tuve que traerle un vaso de agua y se puso bien colorado y a mí me dio miedo de que le diera un patatús y conmigo solita en una situación tan espantosa. Por suerte de a poco se fue calmando y cuando pudo hablar me dijo, entre tos y tos, que lo que tío Rolando había dicho se refería a la contaminación atmosférica. Yo me sentí más bruta todavía, pero enseguida él me explicó que la atmósfera era el aire, y como en esta ciudad hay muchas fábricas y automóviles todo ese humo ensucia el aire o sea la atmósfera y eso es la maldita polución y no el semen que dice el diccionario, y no tendríamos que respirarla pero como si no respiramos igualito nos morimos, no tenemos más remedio que respirar toda esa porquería. Yo le dije al abuelo que ahora sacaba la cuenta que mi papá tenía entonces una ventajita allá donde está preso porque en ese lugar no hay muchas fábricas y tampoco hay muchos automóviles porque los familiares de los presos políticos son pobres y no tienen automóviles. Y el abuelo dijo que sí, que yo tenía mucha razón, y que siempre había que encontrarle el lado bueno a las cosas. Entonces yo le di un beso muy grande y la barba me pinchó más que otras veces y me fui corriendo a buscar a Rosita y como en su casa estaba la mami de ella que se llama Asunción, igualito que la capital de Paraguay, esperamos las dos con mucha paciencia hasta que por fin se fue a regar las plantas y entonces yo muy misteriosa, vas a decirle de mi parte a tu prima Sandra que ella es mucho más burra que vos y que yo, porque ahora sí lo averigüé todo y nosotras no venimos del semen sino de la atmósfera.

2 de enero de 2010

Me muero por. . .


& mi primer propósito para el /10. es ir más seguido a cine.

1 de enero de 2010

Kaos

Contigo todo es un kaos; un caos hermoso.
Se ha abierto una llave que corre por mis venas, los versos se me graban en la piel y tu respiración sigue tortuosa . . . detrás de mi cabeza, obligándome a suspirar.


____
pronto te escribiré en forma.

dosmildiez

2010 bienvenido seas-