Los ojos del amanecer son los únicos que puden juzgar nuestra existencia,(...) detrás del alba siempre se esconde la noche; detrás de ella, mi vida.

13 de marzo de 2009

Delirio.. ( I )

No había nadie en su casa, así que nos metimos al cuarto y esperamos pacientemente a que llegara el momento.

Hablamos, hablamos y hablamos; la hice reír, le hice cosquillas, la hice rabiar... y después de un tiempo, todo empezó:

-dame un beso- me dijo
-no, no quiero- le contesté mientras me deslizaba a la cabecera de la cama
-daaame un beso
-ven y búscalo- Y se acurrucó en la cama con sus rodillas, apoyándose en la palma de sus manos empezó a gatear hasta donde yo estaba. Cuando por fin estuvimos cerca, la tomé de la cintura y la acerqué a mi cuerpo lo más que pude y me miró como nunca antes me había mirado; le sonreí. Mis manos no podían quedarse quietas, no sabía que hacer; estábamos tan cerca que su respiración se fusionaba con la mía. . .

Su mirada se clavó en mi cabeza, parpadeaba despacio, me sonreía de vez en cuando; mi cuerpo colapsado empezó a acariciarle la espalda baja sin quitarle los ojos de encima, y como por arte de magia, al mismo tiempo ella me acariciaba la cara.
Comenzó entonces un juego de caricias y miradas. Primero fue la espalda baja con las manos, después el coxis y la cintura con las uñas a un ritmo lento, todo perfectamente planeado, luego la cadera con la punta de los dedos.

Suspiró.

Deslicé mis dedos entonces por encima de su blusa y le acaricié su espalda sobre la tela, llegué a sus hombros. Sus manos aún seguían en mi cara. Me senté en la cama, me humedecí los labios con la lengua y me incliné sobre su cuerpo, no tuvo otra opción que recostarse sobre el colchón. La volví a mirar, me incliné más sobre su cuerpo y con la mano aún entumecida le acaricié el pelo, con un solo dedo le desdibujé corazones en el rostro, en las mejillas, en los labios… estaba a punto de explotar; quería recorrer con mis labios toda su piel desnuda.

Me incliné más y sin descaro le besé el cuello, le mordí suavecito la piel y luego se la acaricié con mi lengua; sentí como se desdoblaba y como los escalofríos le pasaban por en medio de la espalda, aproveché entonces y con mis manos le fui subiendo la blusa muy lentamente, acariciándole la cintura y la cadera con tan solo dos dedos; me introducía en su deseo agarrándola de la espalda baja y haciéndola desdoblar desde el colchón a mi cuerpo, subiendo mis manos por su espalda y mirándola a los ojos.

La besé detrás del oído, le respiré en el cuello y le susurré que la adoraba como nadie, me sonrió y cerró sus ojos.

El recorrido empezó, con mis labios y la respiración un poco agitada empecé a descender por su cuello, por la mitad de su garganta, por el hueco del pecho, por la clavícula, por los hombros, rozándole la piel con mis labios le besé de nuevo el cuello, pero esta vez con muchísima más delicadeza.
Volvió a suspirar.

Me acurruqué y levantándole con un dedo la blusa le empecé a acariciar el abdomen con un solo dedo mientras le respiraba con prudencia el costado de su cuerpo; su figura se marcaba en mis labios y en mis ojos, su piel suave me incitaba a hacer las cosas mas perversas, me contuve.
Rozándole los vellitos del abdomen con mis dedos, tembló. Me acerqué a su ombligo y se lo besé como nunca: despacio, exhalando moderado por entre los labios, sintiendo el movimiento de mi piel, de mi lengua, rozando la punta húmeda con su piel seca. Dijo algo entre dientes que no escuché muy bien.

No importó.

La cogí de la cintura con mis dos manos e intenté subirle la blusa aún más con mis palmas sobre su piel. Apareció su lunar, ese lunar que me mortifica todas las noches. Ella sabía cual iba a ser mi reacción; la escuché reír y mi cuerpo colapsado no podía moverse. Se arregló el cabello y con el movimiento de su cabeza subí mi mirada. Me sonrió. Respiré profundo y me acerqué más a su piel. Le quité la blusa, y volví a su lunar; se lo besé, con mis labios le conté las costillas, le respiré por la mitad del torso y le mordí los hombros.

Escuché un sollozo.
(...)

Continuará...

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