Suficiente... – Me dijo después de una noche en silencio; ya no quería ser tocada por mis manos ni admirada por mis ojos... Estaba insinuando una muerte repentina, quería que tanto su sombra como mi recuerdo se esfumaran de su vida y de mi cabeza.
Suficiente, no quiero más – volvió a decirme con ese gesto particular que hacía temblar hasta la partícula más recóndita de mi frágil cuerpo. Sus silencios apuñaleaban sin compasión mi carne débil.
La sigo añorando, a esos ojos pardos y sus cejas perfectamente depiladas; a esas pestañas largas y palpitantes que me hacían delirar, a su cuerpo esbelto y su voz reguladamente delicada, sus uñas de terciopelo y su cabello ondulado... ese que incitaba en mis sueños, los viajes más estrambóticos sobre nubes de caramelo.
Suficiente.
Lárgate.
Llegué a mi casa, me miré al espejo... aún seguía su marca en el vidrio “tuya siempre” con su letra particular escrita con tinta de labial rojo, ése que descontrolaba mis sentidos y deambulaba con mis labios.
Temblé, lloré... bienvenido a mi mundo- me dijo con un tono opaco, el reflejo de mi mirada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario