Yo como que mejor me pongo a escribir que esperarte.
Y es que es un caos mi cabeza cuando logra escaparse y meterse a mi pecho, porque desde ahí también piensa, grita, escucha y habla, el pequeño problema es que no sé cómo leer el código morse y ese marcapasos que llora, lo dejo llorar porque no lo entiendo, intento… intento entenderlo y contigo como que se exaspera hasta su punto límite y logro percibir entre chillidos que lo que más busca son tus labios.
Mírame, sentada en el piso, pensándote y escribiendo, esta vez no sobre papel porque no tengo tiempo, pero si sobre una dizque hoja blanca y consciente de cada uno de los movimientos que hacen mis dedos, como bailando, como contentos. Pero no, contenta no estoy, estoy desesperada por ir a buscarte para perderme en tus brazos y en tu olor. Pero ¿de qué me sirve creer que hago las cosas bien? ¿de qué me sirve pensarte tanto si no tengo más remedio que acurrucarme en mis pensamientos cuando eso pasa? ¿de qué me sirve quererte? ¿de qué me sirve tenerte de a pocos si ni siquiera te tengo? Se me llena la cabeza de cucarachas y pienso de sobremanera en algo que no debería si quiera presenciarse.
Tú.
Tú no deberías… “disimulo, no hay delator” Y así como el agobio me llena cuando escucho Búnbury, puedes llegar a ahogarme de amor, créeme Alejandra por favor que no hay cosa más hermosa sobre la faz de la tierra que ahogarse lento, sintiendo, de pronto yo con el corazón en la mano y tú con la mano en el pecho, así, agarradas fuerte de nuestra mirada. Así me imagino el amor contigo, porque eso de estar dando esbozos siempre, como pequeñas pinceladas cuando te veo, a veces me hacen desesperar.
Y me dices que no desespere, que sonríe y que acalle tranquila; y cómo hacerlo, ¿Cómo? Enséñame cómo por favor, enséñame y recibirás todos los días unas cuantas palabras de mi boca que te harán sonreír incluso llorar. No te pierdas del placer infinito que te puede hacer sentir mi cuerpo, mi mente, mi pecho; “estoy contigo aunque estés lejos de mi vida”.
Porque también sé que esto tiene un límite de tiempo. Sé, que aunque tú digas que se torna bello, me condiciona, quisiera no tener límites contigo, quisiera correr en círculos eternamente y sonreír si me mareo y caigo. Porque quiero caer, y aunque estar contigo se asimila a estar caminando en el aire aún no caigo al vacío contigo, porque me he cohibido a amarte con ganas por el miedo a volverme completamente loca por las pequeñeces que me das.
Y agarré la fea costumbre de escupir porque como que se me llena la boca de físicas babas por la falta de habla, porque aprendí de nuevo a apreciar los silencios, desmenuzándolos con la única intensión de arrancarte esas palabras que escondes detrás de la lengua. Háblame, háblame con tus ojos, con tus silencios, con tus besos y espera… como siempre al último segundo para decirme esas palabras que siempre he querido oír con sinceridad: te quiero.
Porque sí, yo también te quiero.
Y es que es un caos mi cabeza cuando logra escaparse y meterse a mi pecho, porque desde ahí también piensa, grita, escucha y habla, el pequeño problema es que no sé cómo leer el código morse y ese marcapasos que llora, lo dejo llorar porque no lo entiendo, intento… intento entenderlo y contigo como que se exaspera hasta su punto límite y logro percibir entre chillidos que lo que más busca son tus labios.
Mírame, sentada en el piso, pensándote y escribiendo, esta vez no sobre papel porque no tengo tiempo, pero si sobre una dizque hoja blanca y consciente de cada uno de los movimientos que hacen mis dedos, como bailando, como contentos. Pero no, contenta no estoy, estoy desesperada por ir a buscarte para perderme en tus brazos y en tu olor. Pero ¿de qué me sirve creer que hago las cosas bien? ¿de qué me sirve pensarte tanto si no tengo más remedio que acurrucarme en mis pensamientos cuando eso pasa? ¿de qué me sirve quererte? ¿de qué me sirve tenerte de a pocos si ni siquiera te tengo? Se me llena la cabeza de cucarachas y pienso de sobremanera en algo que no debería si quiera presenciarse.
Tú.
Tú no deberías… “disimulo, no hay delator” Y así como el agobio me llena cuando escucho Búnbury, puedes llegar a ahogarme de amor, créeme Alejandra por favor que no hay cosa más hermosa sobre la faz de la tierra que ahogarse lento, sintiendo, de pronto yo con el corazón en la mano y tú con la mano en el pecho, así, agarradas fuerte de nuestra mirada. Así me imagino el amor contigo, porque eso de estar dando esbozos siempre, como pequeñas pinceladas cuando te veo, a veces me hacen desesperar.
Y me dices que no desespere, que sonríe y que acalle tranquila; y cómo hacerlo, ¿Cómo? Enséñame cómo por favor, enséñame y recibirás todos los días unas cuantas palabras de mi boca que te harán sonreír incluso llorar. No te pierdas del placer infinito que te puede hacer sentir mi cuerpo, mi mente, mi pecho; “estoy contigo aunque estés lejos de mi vida”.
Porque también sé que esto tiene un límite de tiempo. Sé, que aunque tú digas que se torna bello, me condiciona, quisiera no tener límites contigo, quisiera correr en círculos eternamente y sonreír si me mareo y caigo. Porque quiero caer, y aunque estar contigo se asimila a estar caminando en el aire aún no caigo al vacío contigo, porque me he cohibido a amarte con ganas por el miedo a volverme completamente loca por las pequeñeces que me das.
Y agarré la fea costumbre de escupir porque como que se me llena la boca de físicas babas por la falta de habla, porque aprendí de nuevo a apreciar los silencios, desmenuzándolos con la única intensión de arrancarte esas palabras que escondes detrás de la lengua. Háblame, háblame con tus ojos, con tus silencios, con tus besos y espera… como siempre al último segundo para decirme esas palabras que siempre he querido oír con sinceridad: te quiero.
Porque sí, yo también te quiero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario