Criminalística:
El ambiente se tornó tosco y de la nada, se invadió de un silencio incómodo. En el lugar hay gente en shock con sus dedos mordidos de la impresión, también gente parada inmutada y los sobrantes caminan lo más rápido posible –como si intentaran huir de la muerte-; los pocos que se atreven a pasar cerca del lugar, se asombran tanto que sus globos oculares saltan al compás del tiempo.
Flash de fotos detrás de manos cubiertas por látex blanco, tapabocas y mucha sangre. Los parpadeos se volvieron imperceptibles, aunque todos querían evitar ese momento sofocante, angustioso y silenciosamente incomodo, nadie podía apartar su vista del cuerpo inerte en la mitad del pavimento.
Cuando la muerte es tan reciente y trágica, tan pública, tan animal y atroz... se nos licua la moral, nos llenamos de una angustia impersonal; entendemos en cuestión de segundos que la vida es tan frágil que podríamos perfectamente ser el reemplazo de ese cuerpo inerte en la mitad de la calle... se nos coagula la respiración al imaginar nuestra sangre derramada en medio de la nada.
Ahora que lo pienso, la calidad de vida se mide por una calidad de muerte inexistente. Sí, se me erizó la piel al ver el cuerpo contorneado de luces titilantes por las sirenas, los destellos del flash alumbrando esporádicamente la sangre y las fichas con números esparcidos dos metros a la redonda. La verdad es que prefiero una muerte pública antes de una vida incompleta.
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