Vaya día de mierda.
Veo tus manos azules del frío, inquietas y como dormidas... esperando quizá una excusa clara para enrojecerse, para acalorarse, para acolorarse.
Me titila la punta de la lengua y mi garganta se cierra de golpe.
La nada no es silencio.
Mi vida no es más trágica porque no es más grande y porque yo nunca seré como Pizarnik o como Vargas Llosa o como Cortázar o Plath. No.
No es fácil callar cuando mi cabeza habla a destiempo un lenguaje que solo las sombras entienden, entonces, ¿cómo no enloquecer?
Sí, una maldita neurosis que carcome lentamente mis ganas de todo y de nada, sobretodo de nada, sobretodo de lo crudo, lo mínimo, lo oscuro. Sobretodo de tí.
Sobretodo de tus manos, de tus malditas manos azules que desgarran pedazos de cielo. Sobretodo tus citas, tus malditas citas pegadas en la pared de mi cuarto y la rejas que aprisionan mis pocas ganas de quererte.
Querer tu recuerdo, tu maldito recuerdo.
Vaya día de mierda.
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