Los zumbidos del viento detrás de las orejas, las hebras de tabaco consumado y la soledad de las nubes; rejuvenecía un frio encantador que adornaba la tarde.
No fue un detalle, ni la temperatura corporal; fue el ambiente mismo que en vez de impactarme, supo acoplarse y encajarse perfectamente a las emociones irracionales que brotaba mi piel.
Una inalada y un suspiro netamente suplementario, hacia del lugar y del calor, que por cierto era más frio que si mismo; algo íntimamente emotivo.
En un cerrar de ojos las imágenes retoricas de recuerdos intangibles alborotaron mi cabeza y en un chasquear de dedos, estaba de nuevo a su lado.
Al lado de sus ojos verdes, su peinado inconcreto y su aroma peculiar; que recuerdo, mi mamá solía detestar. No fue más que el frio de la tarde, quizás el color del cielo o la tranquilidad que contagiaba el momento, lo que me llevó inocentemente al lugar mas escondido, siempre al pie de su sombra.
Él; el y sus cuentos de Allan Poe, el y sus cigarros de segunda, el y sus fotografías urbanas, sus mitos sobre la revolución, o su pensamiento algo excéntrico sobre la muerte; y claro, como olvidar las conversaciones sin sentido que desataban nuestras leguas en los parques, a oscuras; en medio de la ciudad.
Las miradas siempre fueron testigo, de algo, aun no definido; que acabó en veremos y en un olvido próximo. Todo de la mano… de un Hola como estás?; bien, te cuidas.
Si, el; el y sus noches infinitas, su magia de colores y sus manos perfectas que aun me cuesta olvidar.
Me acordé de el, por el frio; por la tarde y por el cigarro. Cinco letras.
Conservador, como siempre; el último día que mis ojos lo vieron, se resignó a saludarme desde la esquina, a darme un beso en la frente y un abrazo a medias, evitando la nostalgia y siendo como siempre fue; fuerte.
Aun lo recuerdo, con el frio de la tarde; con la soledad de las nubes.
Aun recuerdo, con el anonimato presente; todo lo que no me pudo ofrecer.
Todo lo que fue, y se quedo en un ayer.
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