Ayer la vi sola y sucia, me conmovió; estaba enferma de soledad, llena de recuerdos negros que no la dejaban andar, no la dejaban seguir.
Ayer la vi, y me miró mientras lloraba, mientras se empapaba de dolor por dentro y estremecía la madera de su corazón, mientras rechinaba sus dedos metálicos y sus incrustaciones de cristal… mientras le suspiraba a la vida y le reclamaba al aire una oportunidad para sonreír y cantar; mientras el cielo la acogía, la volví a ver.
Ayer... ayer sus ojos negros me inyectaron lujuria y agonía, y a la par sentí una descarga eléctrica llena de odio; llena de rencor… rencor, porque desde hace tiempo no la toco, desde hace tiempo no la beso, desde hace tiempo no la mimo, ni la acaricio, ni la consiento; la dejé de lado, la dejé empolvar… la dejé deprimir.
Hoy, después de una noche llena de quejidos, sudor y ojos llorosos la volví a ver, en el mismo rincón de siempre, empolvada y mugrienta.
La diferencia: hoy no se atrevió a mirarme.
Dejé de lado a mi hermosa guitarra.
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