A causa del dolor de garganta y los anzuelos que arrancan con desdén las partículas pútridas de ilusión... vuelvo a mi estado natural; soñar, escribir. Matar.
Esta soy yo, detrás de unas cuantas palabras y pixeles atrapados en mi memoria. Son cuestiones de piezas que se fusionan mágicamente y se rompen como hielo desproporcionado –las mías-; soy yo, rememorando ambivalencias, desperdicios y relatos que brotan del suelo, se evaporan y colisionan entre las nubes, los pájaros y un cielo roto.
El mismo que llora sábanas blancas, sudores confidentes de codicias, colchones rechinantes, un sueño profundo y una soga al cuello. Lluvias que hablan de amor y de muertes instantáneas en la mitad de la acera; canciones que recuentan mi vida en minutos, que se pierden en las escalas de una partitura perfectamente estructurada, en los techos de la alcoba, en las calles angostas de mi cabeza y en las noches frías que acogen a la luna esbelta –la que siempre se mantiene brillando-.
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